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Siempre junto al pueblo 

 

Por: José (Pepe) Medina Z.

Un cuento adaptado a nuestra realidad, similar a la de cualquier lugar ya que los seres humanos y sus sentimientos, buenos o malos, son los mismos en todo el mundo y entre todas las razas. 

Oponerse a la administración comunal es agotador, me comentaba el senil 22° concejal.

Pero todo tiene un comienzo.

La conversación no se dio en ningún punto de nuestra comuna balneario. En ninguna de nuestras tranquilas aldeas.

Caminaba, una noche cerca de calle Meiggs, en el barrio Estación Central, Santiago, y al pasar frente a aquel bar de mala muerte, no pude dejar de reconocer esa calva prominente (que contrasentido).

botellas.jpgEra nada menos que, el 22° concejal de El Tabo, sentado en la barra, con la mirada perdida en un vaso o caña de vino semivacía, frente a un antiguo e insolente espejo, tras la barra, que osaba reflejar, entre botellas de licores añosos, sin piedad su patética imagen.

Sus ojos vidriosos, la ropa casi andrajosa, sus manos temblorosas y sus uñas de riguroso luto, delataban varios días y noches de vigilia noctámbula. 

No pude dejar de sentir una dosis de piedad e ingresé al tugurio, cruzándome en el camino con bamboleantes seres fantasmales de la noche.
  
Una neblina de tabaco y otras especies flotaban y se respiraban en el denso aire.

La semipenumbra y una vieja melodía tanguera, que brotaba desde una viejo butlizzer, generaban la sensación de estar protagonizando una antigua película de Gardel, en una locación arrabalera  y rodeado de peligrosos y misteriosos malandras de la vida nocturna.   

Algunos contertulios, desde sus respectivas mesas, alzaron brevemente la vista para estudiar al desconocido, que se atrevía  ingresar a este antro, y luego de algún murmullo, continuaron con sus quehaceres etílicos.

“Pelao…, ¿que haces aquí, en este inhóspito lugar?” pregunté en voz baja, para no ofender a algunos siniestros individuos que nos  observaban disimuladamente, de cuando en vez. 

Luego de una prolongada y tuberculosa tos, me respondió con una ira contenida desde varios días, “Quise escapar de esa desastrosa y corrupta comuna de mierda, plena de personajes y autoridades improbas e ineficientes”. “Me tomé vacaciones”, acotó con voz aguardentosa. 

Pensé que es un contrasentido, a su habitual discurso, irse de vacaciones mientras, según él, la comuna se desmorona.

El escuchar sus argumentos por fin entendí, a este pobre proyecto de político, cuyo empeño es estar en contra de todo lo que haga o deje de hacer el alcalde Jorquera.

Entendí el cansancio, la frustración y la depresión que lo consumían.

El vejete necesita un descanso. Un cambio de aire aunque, el que aquí se respira es profunda y vomitivamente diferente al de nuestro litoral. De eso no hay duda.

El decrépito me explicó que lo agotador no es solo odiar al alcalde Jorquera sino que, además, tiene que odiar a los que lo aman y a los que no lo odian.

En consecuencia, es demasiada gente la odiada y eso, realmente agota a cualquier cristiano. Hay que recordar que el vejete es fanático religioso a rabiar. Otro contrasentido.

Pero este ejercicio no termina aquí. Porque para odiar a Jorquera, tiene que admirar a sus enemigos, que antes también fueron los suyos y ahora tiene que disimular, por conveniencia política, y relacionarse con ellos como si fueran sus amigos.

Y secretamente, me confidenció, también los desprecia porque, los enemigos de Jorquera, según su desquiciado razonamiento, son aún peores que el propio Jorquera.

Esto explica el agotamiento mental indecible de este pobre vejete.

En realidad resulta extenuante, en este caso, hacer realidad la sentencia maquiavélica de que “El fin justifica los medios”.

Esa es la frase que el 22º concejal, ha aplicado en su labor política comunal y esto lo ha colapsado.

En realidad ser oposición por el solo motivo de ser oposición agota porque hay que caer en muchas inconsecuencias.
Y como la gente tiene memoria, le encara permanentemente al vejete sus contradicciones.

Hay que cuidarse mucho de no mencionar las cosas buenas del alcalde Jorquera y resaltarlas, o inventar las malas.

O convertir las buenas obras en malas, tergiversando la realidad a través del juego de palabras y la dialéctica. Eso más cansa porque el vejete no se destaca en esta faceta. 

Al final, irónicamente le recomendé ir de vacaciones y relajarse a la comuna Cartaginesa.
“Ahí, en esa comuna son todos eficientes, probos y honestos”

“Está, por nombrar a alguien, el honorable concejal Jimeno Jála, ejemplo y paladín de la probidad y la transparencia…” alcancé a decir burlonamente cuando, el vejete giró la cabeza bruscamente, me miró con una mirada desorbitada y empezó a resoplar.

Raudo y sin despedirme me retiré del lugar, si agregar más palabras, antes que el vejete me lanzara un escupitajo sanguinolento y con restos de vino tinto al rostro.   

En realidad, debe ser agotador odiar a Jorquera.